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Reflexiones sobre las Primeras Comuniones del Movimiento JUNIOR

En estas semanas muchos niños están recibiendo la Primera Comunión, después de haberse preparado durante unos años. Un tiempo en el que han crecido no solo en estatura sino también en vivencias y valores. Lo deseable es que este proceso de formación tenga continuidad y enlace con nuevas etapas de catequesis o de formación integral adecuadas a su desarrollo físico y mental.

Sin embargo la experiencia nos dice que no es fácil asegurar esa continuidad. Nuestros niños casi más que los mayores, tienen demasiados compromisos sociales, lúdicos y educativos que absorben la mayoría de su tiempo libre. Hacer un hueco en esa apretada agenda de las tardes, resulta muy difícil tanto para ellos como para sus familias y constituye todo un reto para las comunidades parroquiales y asociaciones que trabajan con los niños en este ámbito.

Es importante que todos veamos la Primera Comunión no como un hecho aislado ni un fin en sí misma, sino como un paso más en el crecimiento humano y cristiano de los chavales que siguen pidiendo un acompañamiento educativo posterior de manera constante.

Además lo fundamental en estas celebraciones es situar a Jesús en el centro de la fiesta: este acontecimiento tiene sentido en la medida en que fortalece la cercanía y la relación de amistad personal entre los niños y Jesús. En el Evangelio dice el Señor: “Dejad que los niños vengan a mí” (Marcos, 10,14) y, con ello, indica, por una parte,  que los valoraba y los tomaba en serio; y, por otra, que los adultos debemos favorecer el encuentro de los niños con Jesús, a través de diversas propuestas educativas y pastorales.  “De los que son como ellos es el Reino de Dios”, continúa el texto evangélico”. Ellos son también muy importantes en el proyecto de Dios para un mundo nuevo.

En definitiva, debemos buscar que la Primera Comunión tenga el sentido cristiano que debe tener y sea sobre todo una experiencia de fe para el niño, que por primera vez se sienta a la mesa de Jesús, que lo considera apóstol y lo invita a su fiesta, una fiesta que no termina con el acto litúrgico y festivo, sino que continua en la vida. La Primera Comunión nunca debería ser también, por mucho tiempo, la última comunión.

 

En torno a esta celebración se han ido asociando, además, otras costumbres consumistas. Alguien habla de que muchas familias llegan a gastarse más de 3000 euros en los festejos que la acompañan. En este tiempo, cuando en muchos hogares apenas se puede llegar a fin de mes con sus ingresos o viviendo con las aportaciones de los abuelos, el gasto excesivo en torno a la Primera Comunión resulta como poco escandaloso. Y es que la austeridad no está reñida con la alegría y la celebración mesurada de un día importante.

Los miembros del Mvto Junior  pedimos que no caigamos en la espiral consumista que nos absorbe y nos conduce sin darnos cuenta hacia un lujo excesivo, comidas desmesuradas, trajes y regalos caros.

Quizás como gesto de cordura evangélica y de que no todo está perdido, invitamos a que en ese día tan señalado los padres, familiares, vecinos y amigos que tenemos la inmensa suerte de acompañar a nuestros pequeños, destinemos parte de los recursos económicos que pensábamos emplear en cosas superfluas a ayudar a las personas que más lo necesitan. Lo verdaderamente importante es recibir a Jesús en la Comunión y, por eso, “comulgar” con su mensaje y su predilección por lo más sencillo y por los más sencillos.

 

 

Educadores Movimiento JUNIOR

Diócesis de Coria-Cáceres